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las CONFECCIONES de charles linkworth - tercera parte.

las CONFECCIONES de charles linkworth - tercera parte.

A la mañana siguiente se dirigió como acostumbraba a la prisión y una vez más le asaltó la extraña sensación de que allí había una presencia invisible. Ya había tenido con anterioridad algunas curiosas experiencias físicas y sabía que era «sensible» (es decir una persona capaz en según qué circunstancias de recibir impresiones paranormales y de vislumbrar ocasionalmente el mundo invisible que yace bajo nosotros). Y aquella mañana la presencia de la que fue consciente era la de aquel hombre que había sido ejecutado la mañana anterior. Estaba localizada y la sintió con mucha más fuerza en el pequeño patio de la prisión y sobre todo cuando pasó frente a la puerta de la celda del condenado. Tan fuerte era allí que no le hubiera sorprendido si su figura hubiese sido visible y cuando atravesó la puerta que había al final del pasillo se volvió convencido de que realmente iba a verlo.

Durante todo el tiempo además fue consciente de que un profundo terror atenazaba su corazón; aquella presencia invisible le perturbaba. Y sintió que la pobre alma quería que se hiciese algo por ella. Ni por un momento dudó que aquella impresión suya fuera completamente objetiva y no un fantasma creado por su propia imaginación.

El espíritu de Charles Linkworth estaba allí.

Pasó a la enfermería y durante un par de horas se mantuvo ocupado con el trabajo. Pero durante todo el tiempo percibió aquella misma presencia invisible cerca de él aunque su fuerza era allí claramente menor que en aquellos lugares con los que el hombre había estado más íntimamente asociado. Finalmente antes de marcharse y con la intención de comprobar su teoría miró en el cobertizo de las ejecuciones. Un instante después salía con la cara completamente pálida y cerrando la puerta apresuradamente a sus espaldas. Sobre el último escalón de la horca se erguía una figura encapuchada y rígida borrosa con los contornos mal definidos y apenas visible. Pero visible al fin y al cabo sobre eso no había duda posible. El doctor Teesdale era un hombre de buen temple y recobró casi inmediatamente la compostura completamente avergonzado de su pánico inicial.

El terror que había blanqueado su cara había sido fruto de unos nervios alterados no de un corazón aterrorizado pero por muy interesado que estuviera en los fenómenos físicos no pudo obligarse a volver a entrar allí. Aunque sería más correcto decir que lo intentó pero sus músculos se negaron a aceptar el mensaje. Si aquel pobre espíritu atado a la tierra tenía que comunicarle algo realmente prefería que lo hiciera a cierta distancia. Según lo entendía su campo de acción estaba circunscrito. Abarcaba el patio de la prisión la celda del condenado y el pabellón de las ejecuciones y se sentía de una manera más débil en la enfermería. Después una nueva idea se le ocurrió y volvió a su habitación e hizo llamar al carcelero Draycott que le había respondido al teléfono la noche anterior.

—¿Está usted seguro —preguntó— de que nadie me llamó anoche justo antes de que hablara con usted?

—No veo cómo hubiera sido posible señor—dijo él—. Estuve sentado cerca del teléfono la hora y media previa y también con anterioridad. Debería haber visto a quienquiera que se hubiera acercado al aparato.

—¿Y no vio a nadie? —dijo el doctor con un ligero énfasis.

—No señor. No vi a nadie —respondió Draycott con el mismo énfasis.

El doctor Teasdale desvió la mirada.

—¿Y no tuvo quizá la impresión de que acaso hubiera alguien allí? —preguntó sin darle importancia como si se tratara de un asunto sin interés.

Evidentemente el carcelero Draycott estaba pensando en algo de lo que le resultaba difícil hablar.

—Bueno señor si me lo pone así... —empezó— pero usted me podría decir que si estaba medio dormido o que si algo de lo que había cenado me había sentado mal.

El doctor dejó de lado su actitud casual.

—No haría nada semejante —dijo— de igual modo que tampoco me diría usted a mí que yo estaba durmiendo anoche cuando oí sonar el teléfono. Tenga en cuenta Draycott que no sonaba como siempre apenas sí pude oírlo pese a que se hallaba justo a mi lado. Y cuando pegué la oreja al auricular sólo fui capaz de distinguir un susurro. Sin embargo cuando hablé con usted le oí perfectamente. Creo que había algo... o alguien... a ese lado del teléfono. Usted estaba allí y aunque no vio a nadie también usted notó que había alguien a su lado. ¿No es así?

El hombre asintió.

—No soy un hombre asustadizo señor —dijo— y tampoco tengo una gran imaginación. Pero allí había algo. Se paseó alrededor del aparato y no era el viento porque apenas se movía la más leve brisa y la noche era cálida. Además cerré la ventana para asegurarme. Pero se paseó por la habitación señor se paseó durante una hora o más. Movió las páginas del listín telefónico y todo el pelo se me erizó cuando noté que se acercaba. Y estaba helado señor.

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2 comentarios
nelsonrodb

extraño evento

leonardo46

Buen articulo , tiene buena información, gracias por compartir este posts .. muy bueno

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