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jajomo24
Comics e Historietas

«Ethan Brand»: Nathaniel Hawthorne - parte uno.

«Ethan Brand»: Nathaniel Hawthorne - parte uno.

Ethan Brand Nathaniel Hawthorne (1804-1864)

Bartram el calero un hombre rudo corpulento y tiznado de carbón vigilaba el horno a la caída de la noche y su pequeño hijo jugaba a hacer casas con trozos sueltos de mármol cuando escucharon falda abajo una risa estentórea no jubilosa sino lenta e inclusive solemne como si el viento sacudiera las ramas del bosque.

—¿Qué es eso padre? —preguntó el niño dejando el fuego para buscar refugio en las rodillas de su progenitor.

—Oh algún borracho me figuro —respondió el calero—. Algún achispado que no se atrevió a reírse bien duro dentro de la taberna por miedo de ir a volar el techo. De modo que ahí está feliz desternillándose al pie del Graylock.

—Pero padre —insistió el niño más sensible que el obtuso y no tan joven bromista— él no se ríe como alguien contento. Ese ruido me asusta.

—¡No seas tonto niño! —gritó con aspereza el padre—. Nunca serás un hombre ya lo creo. Has salido a tu madre en muchas cosas; he visto cómo te hace dar un bote el roce de una hoja. ¡Escucha! Ahí viene el borrachín. Ya vas a ver que no hace daño.

Bartram y el niño hablaban frente al mismo horno que fuera el escenario de la solitaria y meditativa vida de Ethan Brand antes de que partiera en busca del pecado imperdonable. Como hemos visto habían pasado muchos años desde la ominosa noche cuando por vez primera concibió la idea. Sin embargo el horno seguía incólume en la ladera y en nada había cambiado desde que éste arrojara sus negros pensamientos en las candentes ascuas del crisol fundiéndolos por así decirlo en la sola noción que se adueñó de su existencia.

Se trataba de una estructura burda redonda y semejante a una pesada torre de unos siete metros de altura edificada con pedruscos y rodeada por un terraplén en casi toda su circunferencia de modo que los bloques y pedazos de mármol se pudieran traer a carretadas para ser arrojados desde arriba. En la base había una abertura similar a la boca de una estufa pero lo suficientemente alta como para que entrara un hombre agachado y dotada de una puerta de hierro macizo que parecía dar ingreso al interior del cerro. Con el humo y los chorros de fuego que escapaban por sus grietas y hendiduras se asemejaba más que nada a la entrada secreta de las regiones infernales que los pastores de las Montañas Deleitosas solían enseñar al peregrino.

En aquella comarca hay muchas de estas caleras levantadas con el fin de calcinar el mármol blanco que compone gran parte del material de las montañas. Algunas construidas hace años y hace tiempo abandonadas plagadas de malezas que crecen en el ruedo vacío del interior y de hierbas y flores silvestres que hunden las raíces en las grietas de las piedras parecen ya reliquias de la antigüedad; y aún así podrá cubrirlas el liquen de siglos por venir. Otras cuyo fuego el calero todavía alimenta día y noche proporcionan lugares de interés al visitante de estos cerros quien se sienta en un leño o en un trozo de mármol a charlar con aquel personaje apartado. Esta es una ocupación solitaria y cuando el individuo es propenso a pensar puede mover a intensas reflexiones; como se comprobó en el caso de Ethan Brand quien meditara con tan raro propósito en días ya pasados mientras ardía el fuego en este mismo horno.

El hombre que a la sazón cuidaba el fuego era de otra índole y no se apuraba con ningún pensamiento salvo con los poquísimos indispensables en su oficio. A intervalos frecuentes abría de golpe la pesada y sonora puerta de hierro y apartando la cara del resplandor intolerable arrojaba adentro enormes leños de roble o removía con una pértiga los inmensos tizones. En el interior del horno se veían las llamas encrespadas y tumultuosas y el mármol en cocción casi fundido por la violencia del calor; mientras afuera el reflejo del fuego reverberaba en la oscura maraña del bosque y presentaba en primer plano ante una clara y rojiza miniatura de la cabaña y el manantial junto a la puerta la figura atlética y tiznada del calero y la del niño medio aminalado que se encogía bajo la protección de la sombra paterna.

Cuando otra vez se cerraba la puerta de hierro entonces resurgía la blanda luz de la media luna que en vano porfiaba por delinear los perfiles borrosos de las montañas circundantes. Alto en el cielo se veía una fugaz congregación de nubes aún teñida levemente del rosado crepúsculo aunque aquí abajo cerca del valle la luz del sol se había disipado hacía ratos.

El niño se arrimó más al padre cuando se oyeron pasos subiendo la cuesta. Una figura humana apartó el tupido matorral bajo los árboles.

—¡Eh quién vive! —llamó el calero irritado con la timidez del hijo pero en parte contagiado de ella—. ¡Salga y déjese ver como un hombre si no desea que le tire a la cabeza este trozo de mármol!

—Me ofrece usted una ruda bienvenida —dijo una voz lóbrega a medida que el desconocido se acercaba—. Sin embargo no pido ni deseo una más amable aun junto a mi propio fuego.

Para verlo con más claridad Bartram abrió la puerta de la calera. Brotó al instante una violenta ráfaga de luz que dio de lleno contra el rostro y la figura del forastero. Para un observador descuidado no habría nada notable en su aspecto que era el de un hombre alto y delgado en un terno marrón burdo y de hechura rústica con el bastón y los gruesos zapatos de los caminantes. Al avanzar no apartaba los ojos que eran muy brillantes del fulgor del horno como si viera o esperara ver allí dentro algún objeto digno de atención.

—Buenas noches forastero —dijo Bartram—. ¿De dónde viene ya tan tarde?

—Regreso de mi búsqueda —respondió el caminante—; ya que por fin ha concluido.

—Borracho o loco —murmuró el calero para sí—. Voy a tener problemas con este sujeto. Tanto mejor cuanto más rápido lo aleje.

El niño todo tembloroso le rogaba al padre entre susurros que cerrara la puerta del horno para que no saliera tanta luz; porque en el rostro de ese hombre había algo que lo asustaba pero que no podía dejar de mirar. En efecto hasta el lerdo entendimiento del calero empezó a sentirse impresionado por algo indescriptible en aquel semblante enjuto áspero y pensativo el pelo encanecido colgando desgreñado alrededor y esos ojos hundidos muy adentro que destellaban como hogueras a la entrada de una cueva misteriosa. Sin embargo cuando Bartram fue a cerrar la puerta el forastero se dirigió a él y le habló en un tono tranquilo y natural que le hizo pensar que al fin y al cabo se trataba de una persona cuerda y razonable.

—Veo que ya termina su tarea —dijo—. Este mármol lleva cociéndose tres días. En pocas horas la piedra será cal.

—¿Cómo? ¿Quién es usted? —exclamó el calero—. Parece que conoce mi oficio tanto como yo.

—Tengo por qué hacerlo —contestó el forastero— pues yo me dedicaba a lo mismo hace bastantes años; y aquí además en este mismo sitio. Pero usted es nuevo por estos lados. ¿Alguna vez oyó hablar de Ethan Brand?

—¿El hombre que partió en busca del pecado imperdonable? —preguntó Bartram con una carcajada.

—El mismo —contestó el forastero—. Encontró ya lo que buscaba y por lo tanto ha vuelto.

—¡Qué! ¿Entonces usted es Ethan Brand en persona? —exclamó el calero con sorpresa—. Como dice soy nuevo aquí y cuentan que han pasado ya dieciocho años desde que usted dejó las faldas del Graylock. Pero se lo aseguro allá en el pueblo las buenas gentes todavía hablan de Ethan Brand y del curioso empeño que lo alejó de la calera. Bueno ¿de modo que encontró el pecado imperdonable?

—Cómo no —dijo serenamente el forastero.

—Si no es mucha imprudencia —prosiguió Bartram— ¿en dónde sería?

—Aquí —respondió Ethan Brand poniéndose el dedo en el corazón.

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1 comentarios
nelsonrodb

curioso tema

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