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jajomo24
Arte

«LOS HABITANTES DEL POZO»: ABRAHAM MERRITT - tercera PARTE.

«LOS HABITANTES DEL POZO»: ABRAHAM MERRITT - tercera PARTE.

—¡El sendero! —gritó asombrado Anderson.

—El sendero —afirmó el hombre—. Un buen sendero liso que se dirigía recto hacia la montaña. Oh seguro que era un sendero y se veía gastado como si por él hubieran pasado millones de pies durante millares de años. A cada uno de sus lados se veía arena y montones de piedras. Al cabo de un tiempo comencé a fijarme en esas piedras. Estaban talladas y la forma de los montones me hizo venir la idea de que tal vez hacía un centenar de millares de años hubieran sido casas. Parecían así de antiguas. Notaba que eran obra del hombre y al mismo tiempo las veía de una inmemorable antigüedad. Los picos se fueron acercando. Los montones de ruinas se hicieron más frecuentes. Algo inexplicablemente desolador planeaba sobre ellas algo siniestro; algo que me llegaba desde las mismas y golpeaba mi corazón como si fuera el paso de unos fantasmas tan viejos que solo podían ser fantasmas de fantasmas.

»Seguí adelante. Vi entonces que lo que había tomado por unas colinas bajas situadas al pie de los picos era en realidad un amontonamiento más grande de ruinas. La Montaña de la Mano estaba en realidad mucho más lejos. El sendero pasaba por entre esas ruinas enmarcado por dos rocas altas que se alzaban como un arco.

El hombre hizo una pausa. Sus manos comenzaron a golpear rítmicamente de nuevo. En su frente se formaron pequeñas gotitas de sudor sangriento. Tras unos momentos se quedó tranquilo de nuevo. Sonrió.

»Formaban una entrada. Llegué hasta ella. La atravesé. Me tiré al suelo aferrándome a la tierra con pánico y asombro pues me hallaba en una amplia plataforma de piedra. Ante mí se extendía... ¡el vacío! Imagínense el Gran Cañón del Colorado pero tres veces más ancho más o menos circular y con el fondo hundido. Así tendrán una idea de lo que yo estaba contemplando. Era como mirar hacia abajo por el borde de un mundo hendido allí a la infinidad en donde ruedan los planetas. En el extremo más alejado se alzaban los cinco picos. Se veían como una gigantesca mano irguiéndose hacia el cielo en un signo de advertencia. La boca del abismo se apartaba en curva a ambos lados de donde yo estaba. Podía ver hasta unos trescientos metros más abajo. Entonces comenzaba una espesa niebla azul que cortaba la visión. Era como el azul que se acumula en las altas colinas al atardecer. Pero el pozo... ¡era aterrador! Aterrador como el Golfo de Ranalak de los maories que se alza entre los vivos y los muertos y que tan solo un alma recién salida del cuerpo puede cruzar de un salto aunque ya no le queden fuerzas para volverlo a saltar hacia atrás.

»Me arrastré alejándome del borde y me puse en pie débil y estremeciéndome. Mi mano descansaba sobre una de las rocas de la entrada. Había en ella una talla. En un bajorrelieve profundo se veía la silueta heroica de un hombre. Estaba vuelto de espaldas y tenía los brazos extendidos sobre la cabeza llevando entre ellos algo que parecía el disco del sol del que irradiaban líneas de luz. En el disco estaban grabados unos símbolos que me recordaban el antiguo lenguaje chino. Pero no era chino. ¡No! Habían sido realizados por manos convertidas en polvo eones antes de que los chinos se agitasen en el seno del tiempo. Miré a la roca opuesta. Tenía una figura similar. Ambas llevaban un extraño sombrero aguzado. En cuanto a las rocas eran triangulares y las tallas se encontraban en los lados más próximos al pozo. El gesto de los hombres parecía ser el de estar echando hacia atrás algo el de estar impidiendo el paso. Miré las figuras de más cerca. Tras las manos extendidas y el disco me parecía entrever una multitud de figuras informes y claramente una hueste de globos.

»Los toqué vagamente con los dedos. Y al pronto me sentí inexplicablemente descompuesto. Me había venido la impresión no puedo decir que lo viese la impresión de que eran enormes babosas puestas en pie. Sus henchidos cuerpos parecían disolverse luego aparecer a la vista y disolverse de nuevo excepto por los globos que formaban sus cabezas y que siempre permanecían visibles. Eran inenarrablemente repugnantes. Atacado por una inexplicable y avasalladora náusea me recosté contra el pilar y entonces ¡Vi la escalera que descendía al pozo!

—¿Una escalera? —coreamos.

—Una escalera —repitió el hombre con la paciencia de antes—. No parecía tallada en la roca sino más bien construida sobre ella. Cada escalón tendría aproximadamente siete metros de largo y dos de ancho. Surgían de la plataforma y desaparecían en la niebla azul.

—Una escalera —dijo incrédulo Anderson— construida en la pared de un precipicio y que lleva hacia las profundidades de un pozo sin fondo.

—No es sin fondo —interrumpió el hombre—. Hay un fondo. Sí. Yo lo alcancé —prosiguió—. Bajando las escaleras bajando.

Pareció aferrar su mente que se le escapaba.

»Sí —continuó con más firmeza—. Descendí pero no aquel día. Acampé junto a la entrada. Al amanecer llené mi mochila de comida mis dos cantimploras con agua de una fuente que brota cerca de las ruinas atravesé los monolitos tallados y crucé el borde del pozo. Los escalones bajan a lo largo de las paredes del pozo con un declive de unos cuarenta grados. Mientras bajaba los estudié. Estaban tallados en una roca verdosa bastante diferente al granito porfírico que formaban las paredes del pozo.

»Al principio pensé que sus constructores habrían aprovechado un estrato que sobresaliese tallando la colosal escalinata en él pero la regularidad del ángulo con que descendía me hizo dudar de esta teoría. Después de haber bajado tal vez un kilómetro me hallé en un descansillo. Desde él las escaleras formaban un ángulo en V y descendían de nuevo aferrándose al despeñadero con el mismo ángulo que las anteriores. Después de haber hallado tres de esos ángulos me di cuenta de que la escalera caía recta hacia abajo fuera cual fuese su destino en una sucesión de ángulos. Ningún estrato podía ser tan regular. ¡No la escalera había sido erigida totalmente a mano!

»Pero ¿por quién? ¿Y para qué? La respuesta está en esas ruinas que rodean el borde del pozo aunque no creo que jamás sea hallada. Hacia el mediodía ya había perdido de vista el borde del abismo. Por encima de mi por debajo de mí; no había sino la niebla azul. No sentía mareos ni miedo tan solo una tremenda curiosidad. ¿Qué era lo que iba a descubrir? ¿Alguna antigua y maravillosa civilización que había florecido cuando los polos eran jardines tropicales? ¿Un nuevo mundo? ¿La clave de los misterios del Hombre mismo? No hallaría nada viviente de eso estaba seguro todo era demasiado antiguo para que quedase nada con vida. Y sin embargo sabía que una obra tan maravillosa debía de llevar a un lugar igualmente maravilloso. ¿Cómo sería? Continué.

»A intervalos regulares había cruzado las bocas de unas pequeñas cavernas. Debían de haber unos tres mil escalones y luego una entrada otros tres mil escalones y otra entrada así continuamente. Avanzada ya la tarde me detuve frente a uno de esos huecos. Supongo que habría bajado entonces a unos cinco kilómetros de la superficie aunque debido a los ángulos habría caminado unos quince kilómetros. Examiné la entrada. A cada uno de sus lados estaban talladas las mismas figuras que en la entrada del borde del pozo pero esta vez se hallaban de frente con los brazos extendidos con sus discos como reteniendo algo que viniese del pozo mismo. Sus rostros estaban cubiertos con velos y no se veían figuras repugnantes tras ellos.

»Me introduje en la caverna. Se extendía unos veinte metros como una madriguera. Estaba seca y perfectamente iluminada. Podía ver fuera la niebla azul alzándose como una columna. Noté una extraordinaria sensación de seguridad aunque anteriormente no había experimentado conscientemente miedo alguno. Notaba que las figuras de la entrada eran guardianes pero ¿contra qué me guardaban? Me sentía tan seguro que hasta perdí la curiosidad sobre este punto.

»La niebla azul se hizo más espesa y algo luminescente. Supuse que allá arriba seria la hora del crepúsculo. Comí y bebí algo y me eché a dormir. Cuando me desperté el azul se había aclarado de nuevo e imaginé que arriba habría despuntado el alba. Continué. Me olvidé del golfo que bostezaba a mi costado. No sentía fatiga alguna y casi no notaba el hambre ni la sed aunque había comido y bebido bien poco. Esa noche la pasé en otra de las cavernas y al amanecer descendí de nuevo. Fue cuando ya terminaba aquel día cuando vi la ciudad por primera vez.

Se quedó silencioso durante un rato.
 

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4 comentarios
nathysalas

buen post

nelsonrodb

Interesarte articulo

leonardo46

Que bien muy interesante gracias por compartirlo.muy importante e interesante articulo con un contenido informático muy bueno , excelente posts gracias por compartirlo

midineroga

muy buen articulo

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