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ARTICULO ORIGINAL
jajomo24
Arte

The Mortal Immortal: Mary Shelley - primera parte.

The Mortal Immortal: Mary Shelley - primera parte.

Día 16 de julio de 1833. Un aniversario memorable para mí. ¡Hoy cumplo trescientos veintitrés años! ¿El Judío Errante? No. Dieciocho siglos han pasado sobre su cabeza. En comparación soy un inmortal muy joven. ¿Soy entonces inmortal? Ésa es un pregunta que me he formulado día y noche desde hace trescientos tres años y aún no conozco la respuesta. He detectado una cana entre mi pelo castaño hoy precisamente; eso significa deterioro. Pero puede haber permanecido escondida.

Contaré mi historia y que el lector juzgue. Así pasaré algunas horas de una larga eternidad que se me hace tan tediosa. ¡Eternamente! ¿Es eso posible? ¡Vivir eternamente! He oído de encantamientos en los cuales las víctimas son sumidas en un profundo sueño para despertar tras un centenar de años tan frescas como siempre; he oído hablar de los Siete Durmientes; de modo que ser inmortal no debería ser tan opresivo; pero ¡ay! el peso del interminable tiempo ¡el tedioso pasar de la procesión de las horas! ¡Qué feliz fue el legendario Nourjahad! Mas en cuanto a mí...

Todo el mundo ha oído hablar de Cornelius Agrippa. Su recuerdo es tan inmortal como su arte me ha hecho a mí. Todos han oído hablar de su discípulo que descuidadamente dejó en libertad al espíritu maligno durante la ausencia de su maestro y fue destruido por él. La noticia verdadera o falsa de este accidente le ocasionó muchos problemas al renombrado filósofo. Todos sus discípulos le abandonaron sus sirvientes desaparecieron. Se encontró sin nadie que fuera añadiendo carbón a sus permanentes fuegos mientras él dormía o vigilara los cambios de color de sus medicinas mientras él estudiaba. Experimento tras experimento fracasaron porque un par de manos eran insuficientes para completarlos; los espíritus tenebrosos se rieron de él por no ser capaz de retener a un solo mortal a su servicio.

Yo era muy joven entonces —y pobre— y estaba enamorado. Había sido durante un año pupilo de Cornelius aunque estaba ausente cuando aquel accidente tuvo lugar. A mi regreso mis amigos me imploraron que no regresara a la morada del alquimista. Temblé cuando escuché el terrible relatoque me hicieron; y no necesité una segunda advertencia. Cuando Cornelius vino y me ofreció oro si me quedaba sentí como si el propio Satán me estuviera tentando. Mis dientes castañetearon todo mi pelo se erizó y eché a correr tan rápido como mis rodillas me lo permitieron.

Mis pies se dirigieron hacia el lugar al que durante dos años se habían sentido atraídos cada atardecer un arroyo espumeante de cristalina agua junto al cual paseaba una muchacha de pelo oscuro sus radiantes ojos estaban fijos en el camino que yo acostumbraba a recorrer cada noche. No puedo recordar un momento en que no haya estado enamorado de Bertha; habíamos sido vecinos y compañeros de juegos desde la infancia. Sus padres al igual que los míos eran humildes pero respetables y nuestra mutua atracción había sido una fuente de placer para ellos.

En una aciaga hora sin embargo una fiebre maligna se llevó a su padre y madre y Bertha quedó huérfana. Hubiera hallado un hogar bajo el techo de mis padres pero desgraciadamente la vieja dama del castillo cercano rica sin hijos y solitaria declaró su intención de adoptarla. A partir de entonces Bertha se vio ataviada con sedas y viviendo en un palacio de mármol. No obstante pese a su nueva situación y relaciones Bertha permaneció fiel al amigo de sus días humildes. A menudo visitaba la casa de mi padre y aun cuando tenía prohibido ir más allá con frecuencia se dirigía paseando hacia el bosquecillo cercano y se encontraba conmigo junto a aquella umbría fuente. Solía decir que no sentía ninguna obligación hacia su nueva protectora que pudiera igualar a la devoción que la unía a nosotros.

Sin embargo yo era demasiado pobre para casarme y ella empezó a sentirse incomodada por el tormento que sentía en relación a mí. Tenía un espíritu noble pero impaciente y cada vez se mostraba más irritada por los obstáculos que impedían nuestra unión. Ahora nos reuníamos tras una ausencia por mi parte y ella se había sentido sumamente acosada mientras yo estaba lejos. Se quejó amargamente y casi me reprochó el ser pobre. Yo repliqué rápidamente:

—¡Soy pobre pero honrado! Si no lo fuera muy pronto podría ser rico.

Esta exclamación acarreó un millar de preguntas. Temí impresionarla demasiado revelándole la verdad pero ella supo sacármela; y luego lanzándome una mirada de desdén dijo:

—¡Pretendes amarme y temes enfrentarte al demonio por mí!

Protesté que había temido ofenderla mientras que ella no hacía más que hablar de la magnitud de la recompensa que yo iba a recibir. Así animado —y avergonzado— empujado por mi amor y por la esperanza y riéndome de mis anteriores miedos regresé con el corazón ligero a aceptar la oferta del alquimista. Transcurrió un año. Me vi poseedor de una suma de dinero que no era insignificante. El hábito había desvanecido mis temores. Pese a toda mi atenta vigilancia jamás había detectado la huella de un pie hendido; ni el estudioso silencio ni nuestra morada fueron perturbados jamás por aullidos demoníacos.

Seguí manteniendo encuentros clandestinos con Bertha y la esperanza nació en mí. La esperanza pero no la alegría perfecta porque Bertha creía que amor y seguridad eran enemigos y se complacía en dividirlos en mi pecho. Aunque de buen corazón era en cierto modo de costumbres coquetas; y yo me sentía celoso. Me despreciaba de mil maneras sin querer aceptar nunca que estaba equivocada. Me volvía loco de irritación y luego me obligaba a pedirle perdón. A veces me reprochaba que yo no era suficientemente sumiso y luego me contaba alguna historia de un rival que gozaba de los favores de su protectora. Estaba rodeada constantemente por jóvenes vestidos de seda ricos y alegres. ¿Qué posibilidades tenía el pobremente vestido ayudante de Cornelius comparado con ellos?

En una ocasión el filósofo exigió tanto de mi tiempo que no pude verla. Estaba dedicado a algún trabajo importante y me vi obligado a quedarme día y noche alimentando sus hornos y vigilando sus preparaciones químicas. Mi amada me aguardó en vano junto a la fuente. Su espíritu altivo llameó ante este abandono; y cuando finalmente pude salir robándole unos pocos minutos al tiempo que se me había concedido para dormir y confié en ser consolado por ella me recibió con desdén me despidió despectivamente y afirmó que ningún hombre que no pudiera estar por ella en dos lugares a la vez poseería jamás su mano. ¡Se desquitaría de aquello! Y realmente lo hizo.

En mi sucio retiro oí que había estado cazando escoltada por Albert Hoffer. Albert Hoffer era uno de los favoritos de su protectora y los tres pasaron cabalgando junto a mi ventana. Creo que mencionaron mi nombre; seguido por una carcajada mientras los oscuros ojos de ella miraban desdeñosos hacia mi morada. Los celos con todo su veneno y toda su miseria penetraron en mi pecho. Derramé lágrimas pensando que nunca podría tenerla; y luego maldecí su inconstancia. Pero mientras tanto seguí avivando los fuegos del alquimista seguí vigilando los cambios de sus incomprensibles medicinas.

Cornelius había estado vigilando también durante tres días y tres noches sin cerrar los ojos. Los progresos de sus alambiques eran más lentos de lo que esperaba; pese a su ansiedad el sueño pesaba sobre sus ojos. Una y otra vez arrojaba la somnolencia lejos de sí con una energía más que humana; una y otra vez obligaba a sus sentidos a permanecer alertas. Contemplaba sus crisoles anhelosamente.

—Aún no están a punto —murmuraba—. ¿Deberá pasar otra noche antes de que el trabajo esté realizado? Winzy tú sabes estar atento eres constante. Además la noche pasada dormiste. Observa esa redoma de cristal. El líquido que contiene es de un color rosa suave; en el momento en que empiece a cambiar de aspecto despiértame. Hasta entonces podré cerrar un momento los ojos. Primero debe volverse blanco y luego emitir destellos dorados; pero no aguardes hasta entonces; cuando el color rosa empiece a palidecer despiértame.

Apenas oí las últimas palabras murmuradas casi en medio del sueño. Sin embargo dijo aún:

—Y Winzy muchacho no toques la redoma. No te la lleves a los labios; es un filtro un hechizo para curar el amor. No querrás dejar de amar a tu Bertha. ¡Cuidado no bebas!

Y se durmió. Su venerable cabeza se hundió en su pecho y apenas oí su respiración. Durante unos minutos observé las redomas; la apariencia rosada del líquido permanecía inamovible. Luego mis pensamientos empezaron a divagar. Visitaron la fuente y se recrearon en agradables escenas que ya nunca volverían. ¡Nunca! Serpientes anidaron en mi cabeza mientras la palabra ¡Nunca! se formaba en mis labios. ¡Mujer falsa! ¡Falsa y cruel! Nunca me sonreiría a mí como aquella tarde le había sonreído a Albert. ¡Mujer despreciable y ruin! No me quedaría sin venganza. Haría que viera a Albert expirar a sus pies; ella no era digna de morir a mis manos. Había sonreído desdeñosa y triunfante. Conocía mi miseria y su poder. Pero ¿qué poder tenía? El poder de excitar mi odio mi desprecio mi... ¡Todo menos mi indiferencia! Si pudiera lograr eso si pudiera mirarla con ojos indiferentes transferir mi rechazado amor a otro más real y merecido ¡Eso sería una auténtica victoria!

Puntos otorgados!
4 comentarios
nelsonrodb

interesante relato

mechas73

interesante articulo, gracias por compartir.

mechas73

interesante articulo, gracias por compartir.

leonardo46

interesante y buen articulo

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