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jajomo24
Arte

el mortal inmortal: mary shelley - tercera parte.

el mortal inmortal: mary shelley - tercera parte.

 

Al día siguiente nos preparamos para nuestra emigración. Nos vimos obligados a hacer grandes sacrificios pecuniarios. De todos modos conseguimos reunir una suma suficiente como para mantenernos mientras Bertha viviera. Y sin decirle adiós a nadie abandonamos nuestra región natal para buscar refugio en un remoto lugar del oeste de Francia.

Resultó cruel arrancar a la pobre Bertha de su pueblo de los amigos para llevarla a un nuevo país un nuevo lenguaje nuevas costumbres. El extraño secreto de mi destino hizo que yo ni siquiera me diera cuenta de ese cambio; pero la compadecí profundamente y me alegró darme cuenta de que ella hallaba alguna compensación a su infortunio en una serie de pequeñas y ridículas circunstancias. Lejos de toda murmuración buscó disminuir disparidad de nuestras edades a través de un millar de artes femeninas: rojo de labios trajes juveniles y la adopción de una serie de actitudes desacordes con su edad. No podía irritarme por eso. ¿No llevaba yo mismo una máscara? ¿Para qué pelearme con ella sólo porque tenía menos éxito que yo? Me apené profundamente cuando recordé que esa remilgada y celosa vieja de sonrisa tonta era mi Bertha aquella muchachita de pelo y ojos oscuros con una sonrisa de encantadora picardía y un andar de corzo a la que tan tiernamente había amado y a la que había conseguido con un tal arrebato. Hubiera debido reverenciar sus grises cabellos y sus arrugadas mejillas. Hubiera debido hacerlo; pero no lo hice y ahora deploro esa debilidad humana.

Sus celos estaban siempre presentes. Su principal ocupación era intentar descubrir que pese a las apariencias externas yo también estaba envejeciendo. Creo verdaderamente que aquella pobre alma me amaba de corazón pero nunca hubo mujer tan atormentada. Hubiera querido discernir arrugas en mi rostro y decrepitud en mi andar mientras que yo desplegaba un vigor cada vez mayor con una juventud por debajo de los veinte años. Nunca me atreví a dirigirme a otra mujer. En una ocasión creyendo que la belleza del pueblo me miraba con buenos ojos me compró una peluca gris. Su constante conversación entre sus amistades era que yo aunque parecía joven estaba hecho una ruina; y afirmaba que el peor síntoma era mi aparente salud. Mi juventud era una enfermedad decía y yo debía estar preparado en cualquier momento si no para una repentina y horrible muerte sí al menos para despertarme cualquier mañana con la cabeza completamente blanca y encorvado con todas las señales de la senectud. Yo la dejaba hablar y a menudo me unía a ella en sus conjeturas. Sus advertencias hacían coro con mis interminables especulaciones relativas a mi estado y me tomaba un enorme y doloroso interés en escuchar todo aquello que su rápido ingenio y excitada imaginación podían decir al respecto.

¿Para qué extenderse en todos estos detalles? Vivimos así durante largos años. Bertha quedó postrada paralítica; la cuidé como una madre cuidaría a un hijo. Se volvió cada vez más irritable y aún seguía insistiendo en lo mismo en cuánto tiempo la sobreviviría. Seguí cumpliendo con mis deberes hacia ella lo cual fue una fuente de consuelo para mí. Había sido mía en su juventud era mía en su vejez; y al final cuando arrojé la primera paletada de tierra sobre su cadáver me eché a llorar sintiendo que había perdido todo lo que realmente me ataba a la humanidad.

Desde entonces ¡cuántas han sido mis preocupaciones y pesares cuan pocas y vacías mis alegrías! Detengo aquí mi historia no la proseguiré más. Un marinero sin timón ni compás lanzado a un mar tormentoso un viajero perdido en un páramo interminable sin indicador ni mojón que lo guíe a ninguna parte eso he sido; más perdido más desesperanzado que nadie. Una nave acercándose un destello de un faro lejano podrían salvarme; pero no tengo más guía que la esperanza de la muerte. ¡La muerte! ¡Misteriosa hosca amiga de la frágil humanidad!

¿Por qué único entre todos los mortales me has arrojado fuera de tu manto? ¡Oh la paz de la tumba! ¡El profundo silencio del sepulcro revestido de hierro! ¡Los pensamientos dejarían por fin de martillear en mi cerebro y mi corazón ya no latiría más con emociones que sólo saben adoptar nuevas formas de tristeza!

¿Soy inmortal? Vuelvo a mi pregunta. En primer lugar ¿no es más probable que el brebaje del alquimista estuviera cargado con longevidad más que con vida eterna? Tal es mi esperanza. Y además debo recordar que sólo bebí la mitad de la poción preparada. ¿Acaso no era necesaria la totalidad? Haber bebido la mitad del licor de la inmortalidad es convertirse en semiinmortal; mi eternidad está pues truncada. Pero de nuevo ¿cuál es el número de años de media eternidad? A menudo intento imaginar si lo que rige el infinito puede ser dividido. A veces creo descubrir la vejez avanzando. He descubierto una cana. ¡Estúpido! ¿Debo lamentarme? Sí el miedo a la vejez y a la muerte repta a menudo fríamente hasta mi corazón y cuanto más vivo más temo a la muerte aunque aborrezca la vida. Ése es el enigma del hombre nacido para perecer cuando lucha como hago yo contra las leyes establecidas de su naturaleza.

Pero seguramente moriré a causa de esta anomalía de los sentimientos; la medicina del alquimista no debe de proteger contra el fuego la espada y las asfixiantes aguas. He contemplado las azules profundidades de muchos lagos apacibles y el tumultuoso discurrir de numerosos ríos caudalosos y me he dicho: la paz habita en estas aguas. Sin embargo he guiado mis pasos lejos de ellos para vivir otro día más. Me he preguntado a mí mismo si el suicidio es un crimen en alguien para quien constituye la única posibilidad de abrir la puerta al otro mundo. Lo he hecho todo excepto presentarme voluntario como soldado o duelista pues no deseo destruir a mis semejantes. Pero no ellos no son mis semejantes. El inextinguible poder de la vida en mi cuerpo y su efímera existencia nos alejan tanto como lo están los dos polos de la Tierra. No podría alzar una mano contra el más débil ni el más poderoso de entre ellos.

Así he seguido viviendo año tras año. Solo y cansado de mí mismo. Deseoso de morir pero no muriendo nunca. Un mortal inmortal. Ni la ambición ni la avaricia pueden entrar en mi mente y el ardiente amor que roe mi corazón jamás me será devuelto; nunca encontraré a un igual con quien compartirlo. La vida sólo está aquí para atormentarme.

Hoy he concebido una forma por la que quizá todo pueda terminar sin matarme a mí mismo sin convertir a otro hombre en un Caín. Una expedición en la que ningún ser mortal pueda nunca sobrevivir aun revestido con la juventud y la fortaleza que anidan en mí. Así podré poner mi inmortalidad a prueba y descansar para siempre o regresar como la maravilla y el benefactor de la especie humana. Antes de marchar una miserable vanidad ha hecho que escriba estas páginas. No quiero morir sin dejar un nombre detrás. Han pasado tres siglos desde que bebí el brebaje; no transcurrirá otro año antes de que enfrentándome a gigantescos peligros luchando con los poderes del hielo en su propio campo acosado por el hambre la fatiga y las tormentas rinda este cuerpo una prisión demasiado tenaz para un alma que suspira por la libertad a los elementos destructivos del aire y el agua. O si sobrevivo mi nombre será recordado como uno de los más famosos entre los hijos de los hombres. Y una vez terminada mi tarea deberé adoptar medios más drásticos. Esparciendo y aniquilando los átomos que componen mi ser dejaré en libertad la vida que hay aprisionada en él tan cruelmente impedida de remontarse por encima de esta sombría tierra a una esfera más compatible con su esencia inmortal.
 

Mary Shelley (1797-1851)

Puntos otorgados!
4 comentarios
leonardo46

Buena serie excelente gracias por compartirla con todos

nelsonrodb

interesante relato

nelsonrodb

interesante relato

mechas73

interesante articulo, gracias por compartir.

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